Lloró,
lloró, amargamente,
sentado
en el catre de su barco,
su
casa de toda la vida.
Lloró,
lloró como un niño indefenso;
él, un hombre curtido
por tantos años de mar,
por
tantos vientos huracanados,
tormentas
amenazantes, despedidas, soledades....
Por
calmar su llanto,
evocó sus recuerdos:
su
primer baile fue con ella, con su balanceo,
sobre
la madera de su barco.
Sus
primeros miedos cuando desaparecían
entre olas inmensas.
Sus
primeros dineros convertidos en regalos;
la
alegría cuando la cubierta se llenaba
de peces brillantes, saltarines.
Los
sueños románticos de juventud
otros
puertos a los que arribar,
otras gentes a quienes
conocer.
Lloró y su llanto se
le atravesó en la garganta.
Su mar tan bella, cuyo
beso de sal
llevaba
siempre en los labios,
que le regalaba a diario
un traje de "piel salada",
que le regalaba a diario
un traje de "piel salada",
su compañera de baile
vestida de raso,
adornado en la noche
por brillantes luceros
y cintas de plata
prestadas por la luna;
iba ahora de luto con
harapos negros, malolientes.
Y él marinero curtido
de tantos años
no podía acallar su
llanto
de
“ lágrimas negras”.
Noviembre de 2002



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